lunes, 15 de marzo de 2010

La receta de la güela Lines

Una vida sana, unas arterias flexibles construidas con nutrientes naturales, de la tierra, unas costumbres ordenadas y una naturaleza de roble, tan usual entre las gentes orgonomescas, es lo que ha permitido a doña Lines Sánchez Cordero llegar a los noventa y seis años; cumple noventa y siete el 18 de julio próximo.


Nació en El Mazo, Asturias, hizo mucho hincapié en que dejara constancia de este hecho, que es El Mazo de Asturias, no el de Cantabria, aunque ha vivido toda su vida en el Barcenal, al extremo occidental de nuestra región, porque ella se siente asturiana de pura cepa. No deja de ser curioso este afán pues, pocos decenios antes de que naciera, (hace unos ciento cincuenta años al día de hoy), aquellas tierras en las que vio la luz eran Cantabria; hasta Llanes llegaban nuestras fronteras occidentales, e incluso hoy día a los llaniscos son considerados un poco montañeses por el resto de los asturianos. En fin, lo que hemos hablado muchas veces, que viene un señor, pone un mojón aquí o allá y, desde entonces, todos a ser de esta o de aquella parroquia y, al final no comprendemos que el agua es bendita en todas las pilas.


Doña Lines, una de las abuelas de Cantabria, a la que estas líneas pretenden hacer un modesto homenaje es, como todas las matronas que dejan huella, detallista con los más chicos. Siempre que pasan los nietos por su casa tiene para ellos un regalito; los llama a su habitación, abre el armario donde guarda los tesoros y les entrega una bolsa a cada uno. «Tomad, hijosmiucos», dice, «que la güela Lines os quiere con locura». Los aprieta contra ella con brazo tembloroso cuando se acercan tímidos, quizás impresionados por la carga de años de la anciana, quizá aleccionados en los buenos modales hacia los mayores por sus padres.


Los chicos no han mirado el contenido de las bolsucas, aunque se lo imaginan; todos saben lo que la mujer les regala cada fin de semana. En estos tiempos de maquinitas electrónicas, de buenos euros de paga, de ropitas de marca, los paquetucos de la güela Lines contienen unas galletas de vainilla, un bote pequeño de Colacao, un par de manzanas de la huerta, quizás una pera, una bolsita de patatas fritas y una botella de sidra, porque ella se siente asturiana de pura cepa, como dejó bien claro que se dijera. El contenido de un paquete a otro puede variar en lo tocante a la manzana, a las patatas, en cantidad, género y calidad, pero lo que nunca puede faltar es la botelluca de sidra en cada uno , y ella se lo dice, que les regala la botellina porque ella se siente asturiana de pura cepa.


Ya en el coche, camino a Santander, a la rutina de los lunes, al madrugar, al colegio, los chicos tratan de alargar el sabor del pueblo y piden permiso a sus padres para abrir el paquete de galletas de vainilla ( en un futuro recordarán por el sabor de las mismas el olor de las mejiollas de la güela cuando la besan). En ese momento la madre mira en el paquete, ve la botellina de sidra y, como siempre, no puede dejar de sonreírse. «¡Ay que ver! ¡Qué mujer!» exclama. «¿A que es un botellín de sidra Mayador?», pregunta el padre sin quitar la vista del volante. Y es que siempre, siempre hace lo mismo; como ella es tan asturiana y tiene que regalar sidra a los nietucos, y como no tiene a mano la natural y como las botellas del Gaitero son tan grandes, pues les da la mejor, la que compra en el super en paquetes de doce botellas y que a ella la sabe tan dulcina.


Lo cierto es que, la buena madre es la que la suele beberse la sidra en cuanto llega a casa, para saciar la sed delas barbacoas del fin de semana (los chicos prefieren Coca Cola). Pero aquel día no tendrá tiempo ni para eso, atareada por los mil ajetreos propios de las tardes del domingo para una madre con marido y dos hijos, que no se sabe sin son peores los pequeños o el grande. Olvida las botellas en el frigorífico. Pasan los días, llega el jueves y decide dejar preparado para el viernes un plato que no la sale mal: pollo al chilindrón.


Aprovecha la tarde del jueves, en la que todos los hombrones de la casa están en el trabajo y en el cole y, con los loritos en las orejas, tranquila, como a ella le gusta, prepara todos los ingredientes: las cebollas, el tomate rojito, los pimientos choriceros que no dan para nada, pero que ella complementa con unos botes, carísimos por cierto, que venden en la tienda de delicatesen, y …zas, lo de siempre, que le falta el vino blanco, el vasuco de rigor sin el cual el pollo al chilindrón no sale igual. Harta está de decirle al marido que compre esas cajas envasadas, con pitorro exterior, en las que el vino no se pica, pero él, que siempre anda a lo suyo, nunca se acuerda. Abre el frigorífico, rebusca por la zona de los huevos a lo tonto, porque cómo va a haber allí algo de vino blanco, en los estantes laterales de la puerta y nada. En esto llega la mirada a la botella de sidra Mayador, industrial, gasificada, dulzona; mira ahora al pollo ya esperando el caldo y ¡qué demonios!, echa la mitad de un botellín al sofrito y remata la jugada. Me contó más adelante que le salió de rechupete, que los dos chicos repitieron; todo un éxito.


Aquel viernes, mientras comían, hablaron de la güela Lines, de la sidra, de Asturias, de los cinco hijos que tuvo, de cómo uno llegó a ser jefe de personal de Azucarera Española, otro un alto cargo de la Editorial Marín, otra una de las primeras policías municipales mujeres de Madrid, y así del resto de su descendencia, ya tan amplia como las arenas del mar y las estrellas del cielo. ¡Y qué dedos había tenido siempre la güela Lines!, ¡qué lindos le salían los vestidos de nido! Y menuda vista tiene; si aún enhebra la aguja. ¿Te acuerdas de su mano para las plantas? No me he de acordar, hace poco sembramos juntas perejil, el de mi tiesto ni brotó y el suyo mira, aquí lo tienes. ¿Y este pollo tan excelente? Gracias a la sidra que les dio a los niños. ¿La Mayador? ¡Claro! ¡la güela Lines es tan asturiana!

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