jueves, 28 de mayo de 2015

PRESENTACIÓN DE «SCALA, LA LEYENDA DE UN PUEBLO», EN SANTANDER.

        «Scala, la leyenda de un pueblo», es una novela histórica que hemos elaborado Pedro Sarabia Pellón y yo, cada uno en su elemento privativo. Yo a la pluma, Pedro al pincel. Pero la labor de Pedro no se ha limitado a insertar dibujos en el texto, sino que, además, ha investigado en profundidad en los más viejos archivos relacionados con Escalante, con lo que me ha proporcionado los más frescos materiales para que yo pudiera, sobre ellos, armar la historia. Pero, además, ha reconstruido gráficamente la posible fisonomía de la Villa de Escalante en tiempos medievales.

        Nuestra aspiración por escribir la historia de nuestro pueblo viene de antiguo, ¿pero qué escribir? Cuando nos poníamos manos a la obra, ya Francisco Sarabia había escrito «La Villa de Escalante, un paseo por su historia», obra de indudable calidad, aunque de tono más bien periodístico. Sirvió para animarnos, pero no íbamos a escribir sobre lo mismo. Sabíamos, por otra parte, que el historiador Escallada estaba preparando una minuciosa historia sobre el mismo ámbito geográfico, por lo que no podíamos meternos en camisas de once varas. ¿Qué hacer? Yo tengo muchos materiales históricos, me dijo un día Pedro, tú puedes escribir con ellos como base; yo puedo dibujar la forma de la vieja Villa. Me pareció de perlas, así me liberaba yo de la dura labor de investigar. Nos echamos a la piscina y salió el libro que ahora tenemos entre las manos.
        Scala es el hipotético antiguo de Escalante, villa marinera cercana a Santoña, nuestro pueblo. Varias han sido las teorías sobre el origen de su nombre, a cual más estrambótica. Unos decían que provenía del término céltico “scalt”, que hacía referencia a aguas cálidas, como Las Caldas; otros que los escalantinos eran buenos escaladores de murallas y que por eso se llamaba así su pueblo de origen. Lo más seguro y racional, sin embargo, es atenerse a la etimología. En la palabra «Escalante», se esconden dos vocablos latinos, un nombre y una preposición: «Scala» y «ante», es decir parada antes de llegar a algún otro sitio. Hemos optado por «Scala ante Portum». Puerto es la actual Santoña, donde se embarcarían los peregrinos para seguir la ruta marítima hacia Santiago. También podría considerarse «Scala ante Viam», pues tras legua y media tras salir de Santoña, de Portus, se llegaba a Escalante antes de tomar la Vía Agripa que comunicaba con Iulióbriga. Cualquiera de las dos posibilidades es aceptable.

        Scala es una novela medieval que se desarrolla en los viejos tiempos de la formación del reino de Castilla, tiempos del Cid, tiempos de doña Urraca, en la zona más septentrional e ignota y bárbara de los dominios castellanos.
        En ella se plasma la evolución del feudalismo, desde unas formas familiares y amables, marcadas por la bonanza general de la población que duró hasta el siglo XIII, hasta unas formas de dominio más brutal, más deshumanizado, consecuencia de la disminución de las rentas de la tierra del siglo XIV, como consecuencia de las pestes y las guerras. Los señores feudales no se podían permitir, para mantener su nivel de vida, tratar con condescendencia a los siervos; era preciso explotarlos y ponerles en su lugar.
        En Escalante, en un principio, los dueños de la tierra eran gentes repobladas, los Cítiz, los Bellítiz, que no pasaban de campesinos enriquecidos. Tras ellos llegaron los Ceballos, gentes muy vinculadas con la tierra, pero que dejaron paso a otros nobles foráneos, los Guevara, que implantaron un régimen duro en extremo, que terminó con la rebelión de la población.
        Esta tendencia al endurecimiento feudal fue igual en todo el mundo, Europa entera fue asolada por las rebeliones de los siervos. En España, por ejemplo, se produjo la rebelión de los Irmandiños, que asolaron Galicia y destruyeron todas las fortalezas de los nobles.
        Lo anterior respecto al marco.
        Respecto a los personajes, lo primero que nos llamó la atención en los materiales que estábamos manejando, fue la importancia de la presencia femenina en Escalante.
        Cuando Pedro me empezó a pasar fichas sobre la historia de Sancha Jimena, quedé muy sorprendido por la fuerza del personaje: propietaria del pueblo, heredera de todas las estirpes, de la familia de Lara. También nos encontramos a Bárbara de Blomberg y a otra mujer de rompe y rasga, la clarisa Sor Juana Evangelista.
        Ante esta presencia femenina, decidimos dividir a los personajes en dos tipos. Por una parte los masculinos que tiraban de la acción, así Sebastián Bellítiz y Martín Cítiz, los padres fundadores; el fuerte Martín Samperio, guerrero que participó en la toma de Sevilla; Ruy González de Ceballos, que marchó a Palestina; Ladrón de Guevara, señor feudal;  Pedro de Santelices, su adversario; Juan de Escalante, lugarteniente de Cortés, o Juan Castillo del Río, que se hizo rico junto a Pizarro. Por otra, los femeninos, que darían su versión de la historia, su peculiarísima visión escéptica de la misma.  Es decir, hay dos historias en esta novela: la gran historia de los acontecimientos, y la pequeña historia, la real, la del día a día, la doméstica. La primera tiene como protagonistas a los hombres, la segunda a la mujer.
        Entre las mujeres que pululan por esta novela está Mardra, la molinera de Cerroja, un ser mitológico que termina formando su escuela de mujeres expertas en lo oculto, en el culto a los viejos dioses, las brujas. Tenemos a la sorprendente Sancha Jimena, hija del Conde de Lara, una mujer que se hace pasar por tonta y que termina siendo el ama del pueblo. Juana Carrillo, esposa del Almirante Ceballos, muñidora en la alcoba de la política de su marido. Doña Elvira de Ceballos, que terminó siendo el puente entre la vieja y la nueva forma de gobernar el feudo; María la Mora, que participó en las mesnadas de Pedro el Cruel junto con su amante, el señor de Escalante; Petra Sarabia, reconocida adivina de Escalante, que también aparece en alguna otra de mis novelas; las Bacantes, las últimas sacerdotisas de la vieja religión; Bárbara de Blomberg, ya demenciada que terminó sus días en Ambrosero y, por último, Sor Juana Evangelista, la enérgica priora del convento de las Clarisas que protegió el convento de los soldados del Arzobispo de Burdeos, cuando asoló las marismas de Santoña.
        No podemos hacer de nuestros personajes femeninos medievales, trasuntos masculinos de los hombres; sería una incoherencia, por muy asumido que tengamos los conceptos del feminismo actual. En nuestra historia, para ser coherentes, cuando aparecen los hombres introducimos trepidancia y acción; cuando aparecen las mujeres reflexión, monólogo y un ambiente de trébede y confidencia. Ellos hacen la gran historia; ellas la convalidan. Con este truco buscamos el equilibrio del ritmo narrativo.
        Otro truco que utilizamos es el del lenguaje. Hemos procurado que su lectura suene a un lenguaje antiguo sin serlo. Otra opción es la de escribir en una especie de castellano antiguo; alguna obra hemos visto que lo utiliza, pero no es estético, la verdad. Entre los trucos empleados para conseguir este efecto de antigüedad es el de poner en boca de nuestros personajes referencias religiosas. Hay que tener en cuenta que el hombre medieval es intrínsecamente religioso. No podemos hacer que hablen como pescadores del siglo XXI. Otro truco ha sido el de intercalar romances de ciego en el texto. 
        El problema más difícil con el que nos encontramos fue el de cómo hacer una novela histórica cuyo tiempo narrativo fuera de casi seiscientos años. Además, teníamos que las personas variaban generación tras generación y generaban actos de difícil continuidad. De las tres unidades dramáticas: acción, tiempo y espacio, sólo el espacio, Escalante, permanecía estable. ¿Cómo hacer con esto una novela histórica?
        Después de darle muchas vueltas, llegamos a la conclusión de que deberíamos crear ciertos personajes que trascendieran el tiempo y los avatares históricos. Varios personajes que, en definitiva, fueran inmortales. Además, tenían que serlo sin que el lector se diera cuenta o, dándose cuenta, nos lo perdonara.
        Echamos mano del realismo mágico, que para eso está.
        Creamos varios que andarían como Perico por su casa a lo largo de toda la narración, sin explicaciones ni digresiones. Eran cuatro: Don José Emeterio, cura que representa en toda la obra la bondad natural; Mardra, alegoría de las fuerzas de la naturaleza; y dos caminantes, diseñados como los caminantes de Forges, de nariz y bufanda, dedicados a pasear y comentar la jugada de la historia, Fradeles y Llarines, trasunto del escepticismo campesino.
        Otros personajes que no son inmortales, pero que tienen la misma naturaleza, son todos los señores llamados Ladrón de Guevara, cortados por un mismo patrón, que dan tono a la obra y fomentan la rebeldía final.
        Por último, puestos ya a trasgredir esquemas, nos permitimos, igual que Hitchcock, hacer un quiebro y aparecer nosotros dos en la obra, al final y de forma muy fugaz. Una especie de guinda.
        No podemos terminar esta presentación sin hablar de un personaje muy especial que aparece al final de la obra; un personaje mítico: La Virgen de la Cama, que no es una mera imagen venerada, sino que llega a ser personaje, de la mano de la priora, sor Juana Evangelista.
        En fin, hemos procurado seguir fielmente la historia, pero también se han recogido leyendas locales arropadas como los hechos de Runiego. O la misma leyenda de la protección de la Virgen de la Cama en el ataque del Arzobispo.
Decía el cineasta francés Pierre Kast: «No acepto fácilmente la historia si veo que el historiador cuenta historias. Por eso, que los novelistas se permitan retozar alegremente en el terreno histórico, me ha parecido siempre un acto de legítima defensa: al menos lo fantástico se presenta siempre a cara descubierta.»
Hemos procurado seguir la historia donde ella se deja ver. Pero es dama caprichosa, miedosa, juguetona y, cuando se esconde como el Guadiana, procuramos seguir su hipotética senda hasta su reaparición.
Hay en esta novela un poco de todo, con predominio de las escenas. Cada capítulo es independiente, pero está engarzado con los demás gracias a los elementos permanentes.
Encontrarán monólogos interiores, elementos líricos, momentos de acción y trepidancia, romances, escenas de amor… Es decir, hay un poco de todo, requisito imprescindible para que una novela pueda considerarse buena. Así sea. Gracias.
Santander, 27 de mayo de 2015.

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